sábado, 6 de diciembre de 2014

LA CEREMONIA

Cuento premiado con Mención en el II Concurso Literario de Cuento y Poesía "Mario Nestoroff", organizado por el Area de Cultura de San Bernardo, provincia de Chaco. Noviembre de 2014.
Autor: Juan Carlos Velazque

La tormenta se hacía interminable y Pedro llegaba al rancho visiblemente ofuscado por la mojadura. Ni bien entró, sorprendió a la familia ordenándole a su esposa Ana:
-¡Traé la cuchilla, vieja!
La impotencia ante la fuerza incontrolable de la naturaleza reventaba por los poros de su rostro surcado por hilillos de agua que bajaban de sus mojados cabellos. La cálida mirada del menor de sus hijos contrastaba notablemente con aquella ira paterna que trasuntaba en los coléricos ojos enrojecidos que parecían salirse de sus órbitas.
-¿Pero cuál? -interrogó Ana, atemorizada también por la violenta tormenta y el grito destemplado de su marido.
-¡La cuchilla grande, carajo!
Su rostro crispado y el exultante improperio asustaron a todos. Ana, acostumbrada a la irascibilidad marital, le trajo la cuchilla solicitada.
-¡Traé la sal, rápido! -ordenó Pedro.
Y allá fue ella a buscar el nuevo pedido en el antiguo y desvencijado aparador de madera, de color indefinido por el paso del tiempo. A paso rápido volvió entregándole el paquete de sal gruesa, entre el rugir de los truenos y los gritos desaforados. El grado de paroxismo al que había llegado aquél hombre les resultaba incomprensible a sus hijos.
El vendaval arreciaba y el techo de chapas vibraba al son del viento cuando de improviso comenzaron a deslizarse, lentas y pausadas, pequeñas y brillantes gotas de agua desde uno de los tirantes de la techumbre, las que, en solo instantes, se transformaron en un persistente chorro mientras en otros lugares de la casa caían goteras de distinto grosor y tamaño. Presurosa, Ana comenzó a colocar en cada una de ellas baldes y ollas, en tanto por su rostro se escurrían un par de lágrimas. Pero se contuvo cuando observó la inquietud de sus hijos ante el agua que invadía el hogar. Entonces se dirigió a su habitación haciendo sobre su pecho la señal de la cruz.
Ana tenía por costumbre rezar cuando le aquejaba algún problema que no podía resolver. En su mesa de luz tenía la imagen de la Virgen; era muy creyente. Quizás aquella acción la tranquilizó pero a sus hijos les preocupó, porque si ella se encomendaba a la Virgen la cuestión era muy grave… sus hijos lo presentían. Fue entonces que el terror les invadió.
En eso, Pedro se paró en medio de la habitación cual imponente guerrero y, blandiendo en su mano derecha la vieja cuchilla de ancha hoja con mango de madera gastada y el paquete de sal en la otra, le pegó un grito a su mujer que aun estaba en el dormitorio:
-¡Vieja!, vení acá y cuando salga cerrá la puerta rápido.
Tras su orden salió. Una veloz ráfaga de viento y lluvia se coló en la habitación mientras Ana se tiraba de inmediato sobre la puerta.
Los niños corrieron hacia la ventana y rápidamente con sus pequeñas manos desempañaron los vidrios. Entonces pudieron observar la cara de su padre, desencajada por la bronca, clavando la cuchilla ferozmente en medio del patio de tierra y volcando el blanco contenido del paquete. Acto seguido Pedro, elevando su mirada hacia las densas nubes, como si estuviera en una excelsa ceremonia, musitó algo inaudible para su familia, mientras la sal se extendía con la ayuda del agua alrededor del acero y lentamente comenzaba a penetrar en el lodo.
El temporal arreciaba. Pedro volvió corriendo, patinando en el barro, empapado hasta los huesos y, trasponiendo la puerta que Ana abrió rápidamente, ingresó al rancho. Su rostro, entre enojado y contento, reflejaba cierto aire triunfal.
Sus hijos permanecieron observando atentamente, a través de los vidrios, el agua, el patio y la cuchilla ¡enorme!, que brillaba como nunca. La sal, como era natural, había desaparecido de inmediato.
Y de pronto, casi sin que se dieran cuenta, el temporal amainó. Todos respiraron aliviados.
A Pedro se le veía satisfecho mientras Ana, elevando su mirada, en tono solemne dijo:
-¡Gracias a Dios y la Virgen!
Los niños solo atinaron a observar a su padre… y sonrieron, cuando Pedro, satisfecho, les guiñó un ojo en señal de complicidad.


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