lunes, 19 de marzo de 2018

CABRERO


MENCION en 1º CONCURSO  DE POESÍA EN LUNFARDO “Judith Gómez Bas”
EDEA – Encuentro de Escritores de Avellaneda

CABRERO
En la vida es fulería andar cabrero,
me batió un amigazo bien banana;
olvidate de tus rayes y macanas,
rajale al quilombo, al entrevero.

Si querés andar debute por el mundo
ponele una ficha a los amigos
y a la familia, que es tu mejor abrigo,
dejá atrás el estrilo, es nauseabundo.

Sos un gil cuando la vas de entrañudo
¡Al mazo! Ya no calza el compadrito,
si te sarpás podes quedar refrito,
lo más pulenta es pasar de cachirulo.

Se me armó un batifondo en la sabiola,
me dejó estufado aquel garufa,
a la gurda para espiantar la mufa,
y hoy camino por la yeca bien repiola.

JUAN CARLOS VELAZQUE

GLOSARIO DE PALABRAS LUNFARDAS:
A LA GURDA PARA ESPIANTAR: rápido o veloz para huir.
AL MAZO: La expresión original es “irse al mazo”. Eludir una discusión o pelea por cobardía.  
AMIGAZO: Muy amigo, amigo en grado sumo.
BANANA: Muy vivo.
BATIFONDO: Desorden.
BATIÓ: (Del verbo batir) Decir, contar.
CABRERO: Colérico, disgustado, enojado, irritado, furioso, rabioso, impaciente, iracundo.
CACHIRULO: Persona necia, boba, tonta, mentecata.
COMPADRITO: Valentón, fanfarrón.
DEBUTE: Algo muy bueno, inmejorable.
ENTRAÑUDO: Resoluto, valiente.
ENTREVERO: Riña, pelea, tumulto, desorden, confusión,  reunión tumultuosa, bochinche.
ESTRILO: Rabieta, enojo, enfado, mal humor, cólera, disgusto, indignación, rabia.
ESTUFADO: Incomodado, desganado.
FULERÍA: Algo que es pobre y sin mayores atractivos, ordinario.
GARUFA: Persona alegre divertida.
GIL: Imbécil, tonto, otario, infeliz, estúpido.
MACANAS: Desatinos, estupideces, despropósitos, disparates, tonterías, errores, necedad.
MUFA: Malhumor, fastidio, neurastenia.
NO CALZA: (Del verbo calzar) No ser oportuno.
PONELE UNA FICHA: Apostar en sentido figurado, confiar en alguien.
PULENTA: Calidad excelente.
QUILOMBO: Desorden, escándalo, mezcla o confusión de cosas, enredo.
RAJALE: (Del verbo rajar) Escapar, fugar, huir.
RAYES: Locuras.
REFRITO: Más que frito. Hundido, muerto.
REPIOLA: Más que piola. Despabilado.
SABIOLA: Cerebro
SARPÁS: (Del verbo sarpar) Revés irregular de Pasar. Excederse, extralimitarse.
YECA: Calle.

ODISEO


ODISEO
En un aquelarre
De meandros que interrumpen
El sosegado andar en las tinieblas                          

De voluptuosas sirenas fantasmales
Cargadas de lascivia
Transitaré el camino que me indiques
Cruzaré mil mares
Navegando en tus encantos
¡Oh! Circe, mi hechicera.

JUAN CARLOS VELAZQUE
Finalista en III CONCURSO LITERARIO DE MICROPOEMAS “OTOÑO EN EL MURO”, Edit. El Muro del Escritor, España, 2017

SENSACIONES



SENSACIONES

Vidrio empañado
abriendo surcos caen
gotas del alma.

Cuelga la lana
con ella una araña
teje misterios.

Escalofrío…
una sombra traviesa
quizás un ángel.

Ya amanece
los pájaros dibujan
mágicas sombras.

JUAN CARLOS VELAZQUE

Finalista en III CERTAMEN LITERARIO DE HAIKUS “CHIYO-NI”, Edit. Letras Como Espada, España, 2017.


SONETO


SONETO
Saldrá en la noche y se cubrirá de espuma
cuando el mar la encuentre en la mañana
caminando solitaria por la playa,
rebelde y taciturna, entre la bruma.

Saldré a buscarla en medio de mis sueños
tormentosos, inciertos, torpes, falsos.
En la nocturnidad mis pies descalzos
vagarán sin cesar tras el misterio.

Su velada aparición fue fantasía,
un espíritu travieso que llamó a mi puerta,
una ilusión que vagaba en mi agonía,

que atravesó mi reposo y, sin respuesta,
partió en silencio, fría, raudamente…
por las mañanas esperaré su vuelta.
JUAN CARLOS VELAZQUE
Finalista en I CERTAMEN LITERARIO DE SONETOS “JORGE GUILLÉN”, Edit. Letras Como Espada, España, 2017.



martes, 7 de noviembre de 2017

QUIEN

QUIÉN

No es que no te quiera
pero no sé quién eres;
no es que no te ame
pero no sé quién soy.
No sé si tú me quieres,
lo dicho ¿quién eres?
Tú dices que me amas,
¿a quién? si no soy.

JUAN CARLOS VELAZQUE 

Finalista III Concurso literario de micropoemas “El muro”.
Muro de Letras, España. Publicado en la Antología "Destierro". 2017.







LA POSTA

LA POSTA
Me encontré con el viejo Nicasio ocasionalmente un día en la puerta de un bar. Nos conocíamos como vecinos y no dudé en invitarlo a tomar un vino.
Apenas nos acomodamos comenzó a desgranar su historia contándome que, siendo mozo, supo andar de pueblo en pueblo buscando algún trabajo hasta arribar un día a un poblado del norte cordobés en el que se afincó y donde fue contratado como peón en una estancia. Fue así que en cierta ocasión se cruzó con una persona que le preguntó algo que no comprendió en un primer momento.
-Muchacho, ¿por donde sigue el Camino Real?
-No le entiendo “don”.
El forastero le explicó que venía desde la ciudad de Córdoba buscando un lugar llamado Las Piedritas, una de las tantas postas ubicadas a la vera de ese camino, parada obligatoria de los viajeros con destino final en el Alto Perú hasta mediados del Siglo XIX. De tal manera Nicasio, poco conocedor de cuestiones históricas por no haber recibido educación escolar, se anotició de que gran parte de su andar lo había hecho más de una vez en un tramo de ese antiguo y polvoriento camino sobre el cual se desarrollara una parte de la historia de nuestro país.
El forastero se fue como había arribado, sin información. Pero al Nicasio le quedó picando el bicho de la curiosidad preguntándose donde quedaría ese paraje.
Anduvo averiguando, habló con su patrón, preguntó a algunos paisanos del lugar hasta que finalmente decidió ir a conocer aquel sitio por si mismo. Por las referencias que había obtenido sabía que estaba a poco más de una legua, por lo que iría de a pie nomás.
Con rumbo a la Posta salió del desvencijado ranchito que compartía con otros peones un día en que el sol del atardecer teñía de rojo el árido paisaje. Con su afilado machete en una mano caminó la distancia que lo separaba de Las Piedritas por viejos senderos, cortando alguna rama de espinillo que se le cruzaba en el camino y paladeando los pequeños frutos rojos de algún piquillín, hasta llegar a un alambrado ya oxidado y medio vencido. Lo bordeó un trecho mientras comenzaba a distinguir entre chañares y matorrales una añosa casona.
Al llegar se encontró con una destartalada y quejosa tranquera abierta que lo invitaba a pasar. Así lo hizo. Lo recibió un viejo rancho algo destruido por el paso del tiempo. La falta de habitantes era notoria pero por las dudas palmoteó. No hubo respuesta. Entonces empujó la desvencijada puerta de algarrobo y penetró en una amplia habitación. Estaba completamente vacía, con sus paredes sucias y descascaradas, y un par de vigas de quebracho del techo caídas. Era lo que él esperaba encontrar. Sin embargo le llamaron la atención los ladrillos del piso ya que, si bien estos estaban gastados y rajados en su mayoría, le pareció que lucían de otra manera que el resto del cuarto y decidió observarlos más atentamente. Se agachó y pasando un dedo por uno de ellos notó que no había signos de tierra o polvo. Era como si alguien hubiera barrido hacía poco tiempo el piso. Le pareció muy raro y sintió una especie de escozor en su cuerpo.
Acostumbrado a vivir en ranchos y taperas durante su vida de peón, el Nicasio no le tenía miedo a nada ni a nadie. Solía mostrar orgulloso una cicatriz en su abultado abdomen, marca indeleble de algún duelo criollo. Empero en esta ocasión, sintiendo un extraño presentimiento, decidió salir de inmediato girando sobre sus talones. Fue en ese instante que sintió el golpe sobre su cabeza. Lo que siguió, narraba, fue muy extraño.  
Tras el golpe se levantó lentamente y vio, sorprendido, delante de si a un “milico” con un extraño uniforme que él no conocía. El soldado le hizo una seña para que guardara silencio y le preguntó: -¿Quién sos vos?
-Me llamo Nicasio -contestó.
-¿Y que andás haciendo por acá solo, de a pie y armado?
La inmediata respuesta de Nicasio fue que él solo había llegado a conocer la Posta y que no tenía armas.
- ¿Y el machete que te acabo de retener que es? Seguro que también sos de la contrarrevolución.
Como Nicasio no comprendía la situación en la que se había metido, no atinaba a dar respuesta alguna al extraño interlocutor quien a continuación le dijo casi a los gritos: -¡Te viá a encerrar en la otra habitación junto con el resto de tus amigos hasta que venga el Capitán Urien!
En vano intentó seguir explicando ya que un tremendo talerazo lo hizo desistir.
A los empujones, y mientras se preguntaba quien sería ese Capitán, entró y dio con otra sorpresa. En el cuarto había un cura y dos personas más -desconocidas para él y también con extraña vestimenta-, las cuales estaban fuertemente atadas a unas sillas con sogas que laceraban cruelmente sus manos. Presuroso aflojó los ligamentos mientras los prisioneros lo interrogaban vivamente.
En esta parte de su relato inquirí sobre los nombres de estos personajes. Me respondió que el patrón de la estancia en la cual trabajaba le había manifestado después del suceso la supuesta identidad de aquellos.
Ansioso, le pregunté entonces: -¿Pero quienes eran?
-El ex virrey Liniers, su ayudante y el obispo Orellana de Córdoba.
Fue la respuesta de Nicasio, tras lo cual lancé una sonora carcajada mientras le decía: -Me está macaneando hombre.
-Permítame seguir y después opine.
Con la orden terminante de mi relator dejé que continuara su narración.
Mi pregunta no se hizo esperar: -¿Y cómo salió de ese entuerto, Don Nicasio?
-Será por mi sangre india, m´hijo. Cuando vi el riesgo que corría pegué un salto hacia una pequeña ventana medio abierta que tenía la habitación y disparé como alma que se la lleva el diablo.
-¿Y no se dieron cuenta sus captores?, ¿no lo siguieron los otros prisioneros?
-La “milicada” si. Me corrieron y me tiraron, los demás no llegaron a salir. Mi patrón me contó tiempo después que, “asigún” la historia, finalmente todos fueron fusilados menos el cura cerca de la Posta Cabeza de Tigre.
-¿No lo habrá soñado don Nicasio o será que usted retrocedió en el tiempo?
-No sabría decirle m´hijo, pero yo los vi y sentí en carne propia el talerazo y los tiros.
Y ahí el Nicasio me dejó sorprendido al mostrarme la zona de la cabeza donde no le crece más el pelo producto, según dijo, del roce de la bala salida del arma. Yo lo miré como diciendo “me sigue macaneando”. Nicasio entendió mi burlona mirada y, abriéndose la blanca camisa, me mostró una pequeña esfera soldada a una fina cadena que pendía de su cuello. Era el proyectil del arcabuz.
Los historiadores aseveran que los susodichos personajes, allá por 1810, habían sido apresados en esa Posta por el Capitán José María Urien, quien era Ayudante de Campo del Coronel Antonio González Balcarce, a cargo del Ejército con destino al Alto Perú, y con orden -por parte de la Junta de Gobierno patrio de Buenos Aires- de darles alcance a Santiago de Liniers, y a su comitiva, y fusilarlos debido a que eran acérrimos opositores a la Revolución.
La cuestión fue que al terminar su relato, el Nicasio llenó ambas copas de vino y mientras embuchaba la suya de un trago, en tono socarrón solo dijo:
-Creer o reventar amigazo… ¡Salud!
JUAN CARLOS VELAZQUE

MENCION EXPECIAL en CONCURSO LITERARIO RELATOS ASOMBROSOS IX, Corpus Christi, Misiones, 2017. Entidad convocante: Casa Vasca de Corpus Christi.


sábado, 16 de septiembre de 2017

SIMPLEMENTE

SIMPLEMENTE

Rauda partió,
solo un aletear.
Nido desierto.

Las blancas nubes
bajaron de la sierra.
Siempre en silencio.

Se mecen libres
las espigas al viento.
Dorado trigo.

JUAN CARLOS VELAZQUE

Finalista en II Certamen Literario de Haikus “Den Sute-Jo”
Letras como espada. España. 2017
Publicado en Antología: “Haikus y sonetos XI”